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Prof. Elena Noseda

El Quijote de los sueos

A lo largo de mi ejercicio docente como profesora de Literatura en cursos de adolescentes me han inquietado muchas preguntas internas. A saber: ¿cómo les enseño? ¿qué quiero que los adolescentes aprendan? ¿qué quieren ellos aprender?
¿por qué se hastían en el secundario? ¿por qué nos desgastamos tanto los profesores?
¿qué pasa con nuestra escuela? Los adolescentes, generalmente, no están contentos con ella. Sólo tienen quejas. De vez en cuando valoran algún profesor, alguna materia.
¿Me conformo pensando que la adolescencia es difícil, que nada les viene bien, que están ocupados solamente con su propio mundo y sus cambios?
No deja de ser una fuerte tentación pensar que la causa de todos los inconvenientes proviene siempre de los otros. ¿Cómo les acerco el conocimiento? ¿cuál es la manera vital e integradora que les interese y que los haga sentir, a su vez, vitales y enteros?
Pero... ¿estos conocimientos están vivos o muertos? Muchas veces los sentía desconectados, no palpitaban en mí y esto me asustaba. Porque si no palpitaban los enseñaba también sin palpitar. ¿El conocimiento estaba muerto o era yo que estaba muerta? Sí, era yo que estaba muerta. De una enfermedad bastante común: la disociación. Me costó admitirlo. No es algo que aceptemos fácilmente. Me dolió, la sufrí y la lloré amargamente.
Estaba en crisis profesional. Pasado el período de duelo decidí que había llegado el momento de revivir, juntar mis pedazos sueltos y ponerme a trabajar pacientemente en la tarea de reconstruirme e integrarme como educadora. Recordé. Había aprendido bastante como alumna de la escuela y de la universidad pero pocas veces había conseguido integrar lo que sabía con lo que vivía. No era yo sólo la culpable, también era cierto que generalmente me lo habían trasmitido así. Aquí, la formación intelectual, ordenada, sistematizada y bastante inmóvil. Allá, un poco lejos, la vida tumultuosa, cambiante y contradictoria. ¡Tan pocas veces había sentido que aprendía cosas que tenían que ver con la vida misma! O tal vez, todo lo que me enseñaban tenía que ver con ella pero no se utilizaba ni una actitud ni una didáctica integradora.
Todo quedaba desarticulado: matemáticas desesperantemente árida, algún romántico profesor de Literatura que se exaltaba al hablar del amor con mayúscula, los regocijantes gorgoritos del francés.
Nada tenía que ver con nada. Ni en sus partes ni en el todo. ¿Qué otros recuerdos tengo de mi adolescencia en el secundario? Unas hojitas que juntábamos para hacer el herbario de Botánica. Nos habíamos divertido mientras las recolectábamos y era como llevar vida a la escuela. Estudiábamos adentro lo que estaba afuera.
O aquella vez que pintábamos algo verdadero: un rancho típico en una calle polvorienta y nos sentíamos pintoras famosas mientras la gente pasaba y nos miraba.
O el conejito que matamos en Zoología con un cierto sadismo pero con gran curiosidad por conocerlo por dentro. Ver latir ese corazón, verdaderamente, hasta que lentamente empezaba a desfallecer. Era maravilloso y trágico a la vez.
¿Qué tienen en común estos recursos últimos? Aún hoy me hacen sentir bien. Tengo una memoria corporal de aquellas clases, sensaciones, imágenes, sentimientos, donde lo que pensaba y lo que sentía marchaban al compás.
Otro aspecto que también me ha preocupado es el siguiente: todo lo que aprendíamos serviría para el futuro, ese segmento difuso del que hablaban continuamente nuestros padres y educadores: cuando seas grande, esto es para el futuro, entonces lo aprenderás. ¿Y el ahora qué? ¿qué ocurre en el momento preciso en que vivo? ¿en este instante único, fugaz, maravilloso, si se queda vacío? Cuando somos adultos atesoramos el presente, sabemos que el siempre no está, no existe. Es sólo nuestro deseo de eternidad anhelado en esa palabra. Si atesoramos el presente ¿por qué no lo trasmitimos en nuestra tarea?
Los adolescentes, por su edad, por su momento particular, viven en el hoy. Pero lo que se aprende servirá para mañana ¿no es una contradicción? Es adecuado que sirva para el mañana pero ¿no sería mejor que también sirva para hoy?
Sintetizando: de todos estos cuestionamientos, me quedaron pares antagónicos de reflexión. A saber:
afuera - adentro
la vida - la escuela
la acción - la reflexión
los sentimientos - los pensamientos
el cuerpo - la mente
el hoy - el mañana
Si enseño disociado el conocimiento, éste hará un efecto disociador. La disociación es muerte. La integración es vida.
Yo lo sé. Insight es compromiso. Soy un adulto responsable. Ante mí y ante mis alumnos.
Encontré soluciones a mis búsquedas. No contestan a todas mis preguntas.
Pero contestan a algunas de ellas. Y algunas importantes.
Desde hace más de tres décadas enseño con Psicodrama Educativo.
Es una metodología relativamente nueva. Tiene aproximadamente cincuenta años de vida. Se fundamenta en la teoría moreniana de Jacob L. Moreno, médico rumano que en el siglo XX creó el Psicodrama y la Sociometría que es el marco referencial de aquel.
Una pedagoga argentina, María Alicia Romaña de quien fui su discípula, adecuó el método psicodramático a la situación educativa, ya que aquél fue creado por Moreno para su utilización en psicoterapia. Aunque ya en sus comienzos lo veía utilísimo para las escuelas. Posteriormente completé mi formación esencial con el Doctor Dalmiro
Bustos y también con Zerka Moreno y Marcia Karp.
El Psicodrama Educativo es un método complementario a los utilizados tradicionalmente en la educación. No los reemplaza de ninguna manera. Promueve la integración entre el acto y la palabra y la presentización del conocimiento.
Posee indicaciones precisas referidas al cuándo y por qué dramatizar, a la instrumentación de sus numerosas técnicas, a sus momentos, a sus elementos, a sus niveles de realización psicodramática.
Pueden realizarse dramatizaciones o recursos dramáticos; estos son trabajos más abreviados, con gran poder de síntesis, muy útiles para utilizarlos con todo el grupo y en un tiempo breve.
Me alegra enterarme que los métodos de acción se empiezan a utilizar cada vez más asiduamente en las escuelas. Pero también me preocupa saber que muchos educadores lo usan sólo como una técnica aislada, desconociendo sus fundamentaciones teóricas.
La teoría moreniana posee conceptos tales como encuentro, espontaneidad – creatividad, catarsis de integración, matriz de identidad, teoría de roles, etc, que un psicodramatista debe conocer y haberlos vivenciado previamente en un training riguroso.
Quiero relatarles una experiencia, para que a través de ella comentemos esta forma de trabajo. Ejemplo
Una división de 5º año, mixta, mes de marzo, cátedra de Literatura. Algunos alumnos han rendido en marzo materias que adeudan del año anterior. Una alumna, Julia, ha aprobado Literatura Española. Ha leído el Quijote, le ha gustado el personaje. Pero le ha quedado una necesidad: ser el Quijote. Aclaro que esta división ya tenía experiencia conmigo en trabajos dramáticos anteriores. El grupo se interesa, se despierta, es importante estar atenta al interés grupal porque el grupo será quién acompañe, contenga y coopere en la dramatización.
Los elementos básicos necesarios para dramatizar son:
1)Escenario- lugar previamente acordado para dramatizar, generalmente es el espacio llamado tradicionalmente el frente.
2)El protagonista- que será el alumno que desee trabajar el tema. Otra variable es que el protagonista sea todo el grupo.
3)El director- que será el profesor entrenado en esta metodología y que implementará las técnicas adecuadas que el protagonista vaya necesitando para llevar a cabo la dramatización.
4)El yo auxiliar- rol /es que serán elegidos por el protagonista entre sus compañeros para que jueguen los roles complementarios.
5)La audiencia- los compañeros que no intervienen directamente en la dramatización pero que la contienen.
Los momentos de la dramatización son tres: caldeamiento, dramatización y compartir.
Caminamos juntas por el escenario. Esta es una técnica simple pero útil para acelerar el caldeamiento de ella y el mío propio. Al caminar comienzan a actuar los indicadores físicos y/o mentales, todo el cuerpo entra en actividad, se prepara para la acción, empiezan a aparecer imágenes, sensaciones. Estamos buscando el momento óptimo para comenzar, estamos ejercitando la aparición de la espontaneidad, donde la acción comenzará a fluir libre, sin trabas de la mente o del resto del cuerpo. La espontaneidad nos llevará luego a la creación, momento culminante, pleno, totalizador, muchas veces inolvidable. Mientras caminamos Julia va contándonos su necesidad y sus ganas de ser
Don Quijote. Estamos recordando lo que llamamos el contrato dramático, que será el objetivo del trabajo. Julia quiere ubicar a Don Quijote en el momento que visita a los duques en la Insula, donde harán luego gobernador a Sancho. Advierto que está un poco ansiosa, ya que su timing sobrepasa el mío y el del grupo; se apura al hablar, se atropella saltando sobre las palabras. Le indico entonces que empiece lentamente, con su imaginación, a transformarse en Don Quijote, que haga suyo ese cuerpo y que se vaya describiendo a medida que lo vaya sintiendo, en primera persona. Yo me retiro a un costado.
Aparece ante nuestros ojos entonces, una cara angulosa de sesenta años, cabello ralo y gris, ojos vivos pero a veces cansados, manos rugosas.
Es interesante aclarar que ella, sobre el modelo creado por Cervantes, va conformando su Quijote particular, el que ella tiene vivo adentro. Esto no es falsear una obra, es recrearla, darle el matiz propio que lo hace nuestro al conocimiento.
Estoy segura, por ejemplo, que si en este momento yo les preguntara cómo es Don Quijote para ustedes, cada uno conformaría un personaje, coincidente en general con el de los otros pero particular en cada caso: uno lo vería soñador, otro loco, aquél importándole sólo sus sueños, éste deseando ser entendido, de tez más oscura o de cejas más pobladas. En este caso, la particularidad más intensa de Don Quijote apareció en la barba. La describe minuciosamente, barba corta, poco tupida, terminada en punta, que va muriendo hacia las orejas. Y se la empieza a acariciar a medida que habla. En ese momento, todos los que observamos vemos nítidamente esa barba.
Ese es el indicador justo que nos permite saber que el caldeamiento del protagonista, del grupo, del coordinador están confluyendo. Su ansiedad había decrecido y ya teníamos ante nosotros a Don Quijote con su celada y su pesada armadura.
Consideré llegado el momento de abrir la 1ª Escena.
1ª Escena
Don Quijote se ubica en los jardines del palacio de los Duques. Está solo. Hace calor. Es mediodía. A su alrededor hay pocos árboles y varios caminos confluyen hacia la entrada del castillo. Este está ubicado a unos treinta o cuarenta metros. Se escuchan voces y risas de la reunión que se desarrolla adentro, donde están los Duques, sus cortesanos y Sancho, que por supuesto debe estar encantado con la situación y comiendo a cuatro carrillos. Cada elemento significativo de la escena lo va situando imaginariamente. Le indico un soliloquio.
Don Quijote camina agitado, y al hablar consigo mismo en voz alta, expresa su temor por Sancho. Ese día los Duques lo nombrarán gobernador de la Insula de Barataria y teme que Sancho no esté a la altura de las circunstancias, que no sea noble y justo para gobernar. Luego de un instante pensativo, manifiesta también sus temores por su propia vida, por sus ideales que tanto trabajo le dan llevarlo a cabo. Está contrariado, dubitativo, un tanto abatido. En determinado momento exclama: Tengo que regresar a la fiesta, de lo contrario los Duques se impacientarán conmigo. En ese momento entonces, intervengo para pasar a la 2ª Escena.
2ª Escena
Los Duques están alrededor de una mesa llena de manjares, Sancho, el cura y los cortesanos comen y beben. Elige a varios de sus compañeros para que jueguen los roles más significativos y alternativamente le voy indicando cambio de roles con la Duquesa y el cura, con quienes mantiene una breve conversación.
¿Por qué sólo cambia de roles con esos dos personajes?
Porque Don Quijote se dirige a ellos en la conversación y no tiene interés en dialogar con otros. Vale decir, él va marcando la dinámica de la relación con los demás roles y yo voy instrumentando técnicamente esto. Hacerlo con todos los demás hubiera sido innecesario y fatigoso. No olvidemos por otro lado que estoy manejándome en clase con un horario de 45’ u 80’. Los cambios de roles deben ser instrumentados en el momento adecuado: existen indicaciones precisas para que posean su máxima utilidad. Al protagonista le sirven para vivenciar la situación en forma más completa, desde el rol protagónico y desde sus complementarios. Y a los auxiliares, para saber cuál es el matiz de sus papeles. En determinado momento Don Quijote se impacienta con el cura, discute, le dice que el exceso de bebida y de comida no es bueno para su tarea, que la sobriedad eleva el cuerpo y el alma. La escena total en estos momentos comienza a ponerse farsesca. Don Quijote disgustado exclama: Estoy cansado. Tengo deseos de retirarme y descansar. En ese momento, pasamos a la 3ª Escena.
3ª escena
Don Quijote, en un cuarto del castillo con paredes encaladas, una austera ventana y un sobrio mobiliario, sólo compuesto por una cama y una mesa de luz. Empieza lentamente a sacarse la armadura. Tiene su cuerpo dolorido. Lo veo reconcentrado.
Le indico soliloquio. Don Quijote está apesadumbrado. No se entiende con el mundo.
Tiene miedo por sus sueños, tantas luchas y siempre fracasos. Cada vez se va entristeciendo más.
Se tira en la cama, casi desnudo. Se pone las manos sobre los ojos. Queda en silencio.
La escena es depresiva. Luego de un instante, utilizando la técnica del interviú, le digo:
Sabe Don Quijote, usted está muy triste en este momento, todo se le ha vuelto difícil, pero yo le voy a contar algo que tal vez lo consuele un poco. Dentro de muchos, muchos años, usted será famoso en el mundo entero. En Japón, en la China, en la India, en todos lados lo conocerán. A veces con sólo dibujar su silueta sabrán quién es.
Y la historia de su vida va a ser famosa. Usted representará la lucha por los ideales.
Don Quijote levanta las manos de su cara y me mira. Yo le sigo hablando por unos instantes más. Y en determinado momento, utilizando una técnica llamada atemporalización, que es la posibilidad de traspasar los límites del tiempo, le digo:
Ahora, si usted quiere, por un momento tendrá la posibilidad de hablarle al mundo venidero. Mire a su alrededor y verá a mucha gente que escuchará sus palabras, porque usted será importante para ellos. Don Quijote se levanta y comienza a hablarles con emoción y con lágrimas en los ojos. Ustedes son jóvenes, no pierdan jamás la esperanza, luchen por lo que creen. Será difícil, se reirán de ustedes como la gente lo hace conmigo, pero sigan, peleen por lo que sueñan. En ese momento aparecieron lágrimas en muchos adolescentes y también en los míos. Un hondo silencio, fraterno, nos acercó intensamente, dando por finalizada la dramatización. Don Quijote se esfumaba lentamente del psicodrama, pero quedaba vivo, vigente, actualizado, en un presente increíblemente nuestro y compartido.
Mientras he ido relatando para  ustedes esta tarea, aparecieron en mí, aquellas escenas. Difícilmente olvide aquel momento. Pero tal vez,  lo mejor y lo más importante para un educador, es que los alumnos tampoco lo olvidarán. Habremos cumplido lo esencial: estar juntos, sentirnos juntos en el acto de enseñar y aprender, con todas nuestras emociones, palabras, acciones.
¿Por qué utilicé la atemporalización? Yo también me sentí creando en ese momento. La entrega de la protagonista promovió mi propia entrega. Me sentí envuelta en la poesía de los locos sueños que todos queremos alcanzar, sentí que el Quijote no podía quedar abatido para siempre, sino que en ese momento se merecía la gloria que después, todos le hemos dado.
Los comentarios posteriores fueron reflexivos. Hablamos de la vida, de Sancho y Quijote peleando alternativamente en cada uno de nosotros. Nadie quedó afuera de esta atmósfera.
A ellos les esperaba, como momento importante, la finalización del secundario.
A mí, la tarea de seguir enseñando siendo fiel a lo que creo.
Aún hay muchas posibilidades por investigar en Psicodrama Educativo.
A veces escucho decir que determinadas materias, por sus contenidos, se prestan más que otras para dramatizar.
No es así.
Entrenando a educadores de las más variadas disciplinas, he descubierto que sus contenidos pueden dramatizarse: las montañas, la célula, la gramática, la molécula, las ideas, etc.
También tiene sus límites. No es bueno ni útil dramatizar siempre. La acción y la reflexión necesitan su lugar adecuado.
De lo contrario estaríamos volviendo a cerrar un círculo de muerte, disociándonos nuevamente, pero a la inversa.
Sólo la utilización adecuada dará, a este método y a cualquier otro, sus mejores resultados.

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